Al llegar, me ofreció su té. Sentada con las piernas cruzadas, la Maga bebía sin alzar sus ojos. El silencio eran hebras rojas, como la tarde, roja. Por fin, apartó el cuenco a un costado y con su mirada horadando la tierra, comenzó a hablar, abismada.
-“Me abruma lo que sé y aún más, lo que intuyo”.
Me quité la noche de encima. Pesaba demasiado sobre mí y sentí la necesidad de aligerarme. Acercándome a su fuego, vi, en un espasmo de llameante luz, su cabellera dorada y blanca volcarse sobre el rostro. Una manera de adentrarse y privarme de sus ojos.
La Maga prescindía del mundo, de mí y lo tangible y sin embargo, a todos contenía. Todas las voces y sonidos que le eran propios, hablaban, ahora, a un mismo tiempo.
-“Veo... -agregó- aquello que otros ignoran. Lo que yace oculto sin ser advertido en el fondo del Ser. Puedo prever, sin desearlo siquiera, el camino de cada quien y anticiparlo, en cada traza signada de los tres tiempos. Rompiendo todas las máscaras, el cansancio de lo íntimo guardado por milenios y que olvidan. Sus tesoros y rapazas. Sus robos y homicidios. Sus amores y desatinos. Su locura inmediata”.
La carga de sus ojos y su memoria, era mucha. Y mucho el desvarío visto, las obsesiones, las pujas insensatas, el loco pobre amor...la decadencia innata. Los caballos galopan enceguecidos hasta el borde del abismo y nada los detiene. No saben ni controlan el impulso desconocido, la energía que los mata.
-“Nada puedo hacer por los seres, sino consolarlos. Confortarlos, portando la máscara de lo común. Lo diminutamente invisible, frente a lo falaz grosero”.
De la nada aparente, la Maga transmutó un jacinto silvestre y un heliotropo, ambos azules y mojados aún, por el rocío lunar. Con arte sigiloso y ante mi asombro, los dejó caer sobre mis manos.
-“Todas las realidades cambian. Todos los planos cambian, a pesar y por nosotros mismos. Somos criaturas evidenciables en nuestro pequeño ser escurridizo. Advierte todas las señales, ellas te rodean por doquier y te hablan. Quita lo sobrante al rescoldo de la Luz y desecha el engaño de apariencias que funde lo real con lo ilusorio”.
Una fúlgida estrella cayó sobre su té de menta y su regazo, vulnerando lo corpóreo: -“No todo lo deseado se pierde y tampoco se obtiene. Todavía, se ignora cómo, qué y a quién pedir... y esa es la preservación última de la raza. La fortuna de la supervivencia humana y lo evitable del naufragio”.
Un viento de furioso remolino arrancó la tierra... las aguas interiores se alzaron en súplica y se volcaron, a sí mismas, sobre el fuego unánime.
La Maga, recién entonces, penetró mis ojos.
“-El amor es el grito sobrehumano de un Resucitado... lo demás, es un murmullo que muere en el intento", dijo
Bajábam
Dijo el río “hablador” -"A cada cual, lo suyo... Tienes miedo, ¡salta para encontrar lo que intuyes, estás buscando y te pertenece!". Y yo salté... más allá, donde “sabía” estaban, pude hallar mis 7 morteros, siete oquedades en la roca plana, frente al sol.
Milenarias y elementales construcciones de mujeres indias donde molían sus alimentos. Paciencia. Las imaginé golpeando meses. Con una pequeña roca oval en sus manos, horadando las grandes piedras macizas a golpes persistentes y hasta transformarlas en un hueco: su sitio ritual, su clan familiar, su espacio mínimo y sagrado donde triturar pensamientos y maíz.
El Amor es así de persistente. Una roca que golpea a otra.
Es el grito de toda el Alma que despierta, de todas las aves que regresan, de toda incógnita sin espanto, de todo el cielo que se avecina. Invisible, dejando huellas como pisadas de pumas y zorros andadores. El Amor es un merecimiento al letargo paciente del sueño de la roca.
Ella estaba bañada por el agua del río y por mi agua. Encendimos el fuego. Los árboles, algunos, se quemaban. Yo me hundí en su pechos y le hallé el Alma. Los ojos verdes de
Teníamos un pacto. Un pacto no tácito sino explícito: yo iba a reconocerte en la mirada y tú, comprobarías que mi Alma permanecía tal cual la habías dejado. Enseñanza más, aprendizaje menos... pero reconocibles en el fulgor del espejado Tiempo. Azules ambas. ¿Lo notabas?
Yo enturbié las aguas para no verme sola. Podía, sin embargo, y lo hice ¿cuánto tiempo?. Cuatro décadas de la presente vida y miles de las otras anteriores. Siempre buscándonos en las miradas de otros hasta encontrarnos: en la cautivante ignorancia de no entender quién soy hasta no saber quién eres.
Permanecí fiel al pacto como el ave que ronda puntual la misma Torre. Con distintas máscaras tal vez, seguramente. También fui Torre -en alguna ocasión- y tú la golondrina perdida que de todo se aleja. Las dos, con muertes propias y renacimientos, tras el salto sin red al otro lado. Pero retornábamos de los senderos bifurcados a la mansedumbre alegre del reconocimiento uno. Volvíamos. No era ésta, tampoco, la excepción.
No pudo el vasto tiempo interponer más obstáculos que los únicos ciertos: el mutuo miedo mezclado con la algarabía sin memoria de saber que eras tú... que era yo... y distintos cuerpos. ¿Qué importa si es, simplemente, otro engaño más y otro desafío? Teníamos un pacto renovado, amor: pacto milenario de campesinos, de soldados, de niños huérfanos, de padre e hija, de amantes fieles, de asesino y víctima, de maestro y aprendiz. De agua y fuego.
Me ha mejorado el tiempo, sin dudas, en una sola y única destreza: te reconocí sin siquiera mirarte. Me bastó escuchar un suspiro y un eco semejante a tu voz dentro de mí, profundo y antiguo, llamando, preguntando, inquiriendo a los cielos y ellos conjuraron. (Dijo
-“En verdad, éste fue un fabuloso engaño”-, dijo
Mi Ser te pre-sentía. Sí, lo sé. También te precedía.
Ahora, melancólica, observo el agua del estanque y ni siquiera asomo el pico. Al parecer, apenas soy mujer y no paloma. El agua se ha dado cuenta. Me dice que te inundas de mí cuando te hundes en ella. Le creo porque nos disolvimos juntas.
La nervadura de una hoja lo dice y también, el granizo o el viento cuando me ando y te andas; lo escribe el ala de una mariposa apenas amarilla, lo gime una rana, lo silba un mirlo.¿Puedes creer que hasta lo diga un mirlo? -Es que lo susurra la existencia entera: tenemos un pacto.
Sonríes, estás llegando esta mañana algo cansada, alborotada con tu sombrero blanco añil y te sientas en una silla, relajada . -“Está tan hermosa como siempre”- me digo.
Sin mirarte, apenas tenuemente pregunto: -"Buenos días viajera, ¿qué necesitas?"-
Y tu mirada se vuelve extraña y vivaz hacia mí, clavándose de lleno tus ojos infinitos en mi mirada azul.
El estanque de agua recoge, ahora, el reflejo de las dos. Me miras... me miras... y yo sonrío. Sirvo el café que pides. Son las cinco de la tarde y es extraño: un mirlo canta.
Me rondaba. Simulaba no hacerlo, pero ella seducía siempre. Lo hacía muy bien, adrede o como casi siempre, a pesar de sí misma.
Un anochecer, veladamente, sentadas frente al mar y con sus brazos tomándose las rodillas, deslizó despacio rompiendo el silencio: -'Dime el Secreto'.
Me di cuenta que los aparejos de pesca perdidos en la playa son cosas bien tristes. Todos estamos solos como aparejos abandonados y sin uso. La miré sin sonreír y noté el peso de sus ojos atentos sobre los míos, esperando.
Arrojé al mar las caracolas de Buzios para que ya no me hablasen más que mis propias voces y ninguna otra. Mi alma no necesitaba de oráculos para estar con ella y adivinarla. Guardé silencio midiendo los riesgos -'Quiere el Secreto y esperará paciente, insistente como tiempo de lluvias'-. A veces lloraban sus ojos en conjunción marítima con los míos.
-'¿Para qué quieres saberlo?'
-'Aún no lo sé bien, supongo que para conocerte.'
No mentía. De los poderes conocidos tenía de sobra. –'No te engañes, no es a mí a quien quieres conocer, por ahora, sino a lo que gime dentro de ti, para reconocerlo y ponerle nombre'-.
-'Dime el Nombre'-, replicó determinada a seguir hasta el final.
Dio con la pregunta clave e intuí que llegado era el momento. Empecé a hablar diciendo:
-"El Camino hacia el Conocimiento es femenino, su nombre es Shekináh,
Me callé súbitamente para observar su boca y anclarme en su alma. Aún quiso más, y agregué:
-'Yo, mi querida, soy
Luego de escucharme, quedó pálida y largo rato abstraída. De pronto, elevó sus ojos al Cielo y me encontró.
La Luna iluminaba el espectro de los aparejos. Transfigurada enteramente en amor consciente, ella volcó todo su cuerpo sobre mí y empezó a recorrerme.
Esa noche, sabiéndome, supo quienes éramos.
La vi llegar mientras cerraba los ojos.
Extraviada, ella había perdido completamente el Mapa de los Cielos y exploraba la vida sin Hoja de Ruta, pisando a tientas, sus propios escombros y también los ajenos.
Cuando llegó a mí, su mente era un incesante Scrabble donde mezclaba palabras y abstracciones, algunas cauciones juratorias -todas falsas- y, desde luego, pánico.
-“Nuevo desafío”- me dije. Crípticas construcciones paralizaban tus sentimientos y miles de precauciones vejatorias te alejaban, aún más, de todo lo cierto, cuerdo y amable. A tu ignorancia de ti, la llamabas “densidades”.
Imaginabas dobles y hasta triples intenciones en cada mirada o aproximación que se pareciera, lejanamente, al amor. Hasta entonces, el compromiso de pertenencia significaba para ti, poco menos que una sentencia ejecutoria.
Fuiste mala cazadora y en cambio, fácil presa de ti misma, pero tampoco lo sabías. Siempre te buscaste donde nunca estuviste.
Como buena urdidora, planeabas usurpar vana y torpemente el conocimiento de una hechicera para alivio de tu propio espanto. Eras una hembra perdida y un animal acorralado. Te arrodillaste detrás de ella para abrazarla y mentías alevosamente cuando corrieron tus brazos por la cintura. No la querías a ella. Querías lo que ella sabía. Otra forma de codicia. La hechicera, sin embargo, era yo.
Comprobé que te gustaban los goces individuales, las espaldas al sol y las miradas que pueden omitirse. Sobre todo, las tuyas.
Te vi llegar y supe enseguida tu juego. Tu pobre ciudadela era de simple mazapán y se quebraba de sólo mirarla como barquillo en la boca. Acepté el reto y casi me fue la vida en desmoronarte.
Me creíste artesana. Me deseaste desnuda. Probaste todas las pistas falsas que te di: un simple truco de hechicera que conoce tu baraja. Mostrabas la piel (nunca el alma) bajo la camisa azul y me tendías la inocente trampa. Tus senos sobraban en esta historia. O casi. No hay sobornos sino intentos fallidos y yo me quedé observando los tuyos. Te delataba el sudor.
No caí ni como animal salvaje y menos aún, jamás domesticado. Simplemente, no caí. No podías jalarme, ni atarme, ni distraerme. Estaba atenta a ti, como si fueras
Bastaba con que yo soplase tu nuca húmeda para incitarte a nuevos fríos. De esos queridos y siempre rogados. -Haz de este junco un pincel- exigiste, desafiante aún para conmigo y te pinté el cuerpo con el primer elemento: el barro. Te hice completamente oscura como la noche.
Intrigada con mi alma, buscaste más de mí deseando poder pulverizar tu loca mudez y te inundé con mi propio océano. Temblabas de miedo y excitación, pues ni podías nadar pero tampoco ahogarte. Siempre estuviste a un palmo de todo.
El tercer elemento lo creías fácilmente tuyo, pero rápida, detuve el viento con la mano y te mostré que el aire también era mío. Todo, en suma, era mío. -No juegues así con hechiceras- Te advertía una y otra vez, mordiéndote el oído mientras gemía tu boca, como si te arrancara la vida. Hasta quisiste que casi lo lograra y tus ojos se entornaron.
Tus constelaciones interiores, de pronto, cayeron. Una a una se desplomaron como en hilera de ladrillos cuajados y se deshizo el simple acertijo. Tomé uno o dos dañados y me sobró resquicio para verte el Alma. Te giré de los cabellos y capturé para siempre tus ojos.
-“Animalito azotado, sientes miedo, no amor. No vuelvas jamás a engañar a una hechicera”.
Su nombre era Locura y decidí salvarla: le quité de encima la noche oscura y me llevé el barro. Ella estaba, por fin, completamente desnuda.
Cuando ella llegó, dirigió su mirada y su cuerpo con ávida curiosidad hacia el arcón de esterilla y cuero marrón. La dejé hacer y mirar, pensativa.
Ella intuía que el cofre guardaba algo que creía suyo. Se la notaba nerviosa. Fingía, por momentos, interesarse en la biblioteca, pero el arcón le reclamaba con ansiedad mal disimulada. Finalmente, se rindió.
-Doce es un número mágico-, dije con melancolía cierta, mientras observaba como ella levantaba la tapa de esparto.
Halló los doce estuches de terciopelo azul. Excitada y trémula, fue hacia cada uno de ellos y los abrió con ojos de pasmo: zafiros, topacios, ámbar, esmeraldas, perlas virginales de Oriente y un jade especialmente traído de
No hubo café, ni cena, ni charla mediante. Vino a buscar lo que ella presentía suyo y era lo estricta y secretamente pactado.
A un costado del arcón, su verdadera pertenencia espiritual: las hojas amarillentas con la firma A. G. B, la aguardaban, pero ella no reparó en el detalle. -“No está preparada aún” - corroboré con tristeza confirmatoria.
-¿Cómo pudiste?- Me interrogó sin esperar la respuesta. -¿Cómo pudiste amarme tanto?
Suspiré ahogada y busqué equilibrio en un cristalero, intentando sostén. No lo notó.
-Pude. Es tuyo. Me quema las manos desde hace años. Desde el infinito tiempo en que te espero.
-No lo merezco-, dijo mintiendo e inclinando el rostro; esperando de mí una respuesta refutadora. Respondí, no sin piedad, la que ella seguramente aguardaba de mí.
-Sí, lo mereces. Son tuyas.
Y lentamente guardé las joyas en una bolsa de terciopelo rojo y las deposité en sus manos blancas, cada segundo, más y más blancas. En un ademán mío, que pretendió ser raudo pero fue imperceptible, guardé en el arcón el antiguo manuscrito. Ella no se percató del cambio. Nunca pudo percatarse de muchas cosas.
Al irse, cerró la puerta sin besos ni excusas. No miró hacia atrás ni yo atiné a más. Era imposible pedirle nada. Nunca pudo ni supo hacerlo: sentir. Y ese era su tormento.
La miré irse joven y encallecida, como una ladrona redimida o como una fugitiva inocente. Me pareció un poco de las dos cosas. En todo caso, sentí por ella, mucha más piedad.
Tomé una copa de cognac. Sabía que su paso por la calle era ligero y rápido. Tan liviano como el peso de su bolsa vacía. La transmutación de la materia sucedió sin ella darse cuenta, conforme la sagrada Ley. Las cenizas que llevaba eran tan macilentas y grises como la última estrella de la noche.
-“Cada quien conserva lo que le es propio”- cavilé, y bebí la copa con la excusa de un inexistente frío.
Me aparté de la ventana cuando por fin, ella giró la esquina con su auto y dejé el arcón abierto para siempre.
El manuscrito brillaba dentro como el más puro oro jamás visto por nadie. Custodiándolo: los zafiros, las esmeraldas, las perlas, las doce joyas... como si nada ni nadie las hubieran movido de sitio, jamás.
-“Un día, ella regresará por lo que es suyo” - y recordé que el ámbar se parecía a sus ojos.
Salí temprano por la madrugada. En punto de las seis. Me apoyé en un bastón de ciprés de los que suelo encontrar en el bosque y caminé despacio hacia el mar, como siempre hago, a paso muy lento.
Hallé a
-'Hola, Maga.'
-'Hola'- respondió, como siempre sin mirarme y continuó quemando...
La vi quemar runas, maderas talladas, talismanes, hierbas secas, gemas, cristales que desaparecían, cartas de mancia gastadas, péndulos de bronce y obsidiana nevada.
-'¿Cómo está ella?'- Pregunté, sabiendo la respuesta.
-'¿Te presto mis ojos?' Mira y juzga por ti misma.
Vi a su alma afín, apagándose. Igual que el alma de
-'No necesito ya nada de esto'- Repetía mientras quemaba sus pertenencias.
-'Lo sé. Ni siquiera el Pentagrámmaton. Sé que no te moverías y aún sin tus artes mágicas, tu Espíritu igual sabría de ella. ¿Dime, Maga, cuándo la reencontrarás? ¿Cuándo ella te reconocerá a ti?'
-'Pasará esta vida, y el “tiempo” entre-vidas. En la próxima Reencarnación, será.'
- 'Maga, tú y ella son una sola Alma... ¿por qué no la buscas ahora?... ¿por qué esperar tanto?'
-'No. Eso lo sé sólo yo. Ella no lo sabe. Ignora casi todo, menos su silencio. Ella sólo puede mitigarse de a poco como el fuego. Como se consumen las cosas, calladamente.'
-'Voy hasta el mar, Maga. Te veo mañana.'
No me respondió. Se estaba despojando de su ropa, luego se desprendió de su cuerpo físico y hasta desaparecer ella misma. Sólo quedaba la fronda quemada.
Era la mujer más hermosa que conocí. Muy hermosa. Su luz era inextinguiblemente bella.
...Nunca supo quién era yo. Enderecé muda y lenta, los pasos hacia el mar. La espera iba a ser larga...
Ella intuía que el cofre guardaba algo que creía suyo. Se la notaba nerviosa. Fingía, por momentos, interesarse en la biblioteca, pero el arcón le reclamaba con ansiedad mal disimulada. Finalmente, se rindió.
-Doce es un número mágico-, dije con melancolía cierta, mientras observaba como ella levantaba la tapa de esparto.
Halló los doce estuches de terciopelo azul. Excitada y trémula, fue hacia cada uno de ellos y los abrió con ojos de pasmo: zafiros, topacios, ámbar, esmeraldas, perlas virginales de Oriente y un jade especialmente traído de la China, le ocupaban todo el ancho de sus bellos y azorados ojos.
No hubo café, ni cena, ni charla mediante. Vino a buscar lo que ella presentía suyo y era lo estricta y secretamente pactado.
A un costado del arcón, su verdadera pertenencia espiritual: las hojas amarillentas con la firma A. G. B, la aguardaban, pero ella no reparó en el detalle. -“No está preparada aún” - corroboré con tristeza confirmatoria.
-¿Cómo pudiste?- Me interrogó sin esperar la respuesta. -¿Cómo pudiste amarme tanto?
Suspiré ahogada y busqué equilibrio en un cristalero, intentando sostén. No lo notó.
-Pude. Es tuyo. Me quema las manos desde hace años. Desde el infinito tiempo en que te espero.
-No lo merezco-, dijo mintiendo e inclinando el rostro; esperando de mí una respuesta refutadora. Respondí, no sin piedad, la que ella seguramente aguardaba de mí.
-Sí, lo mereces. Son tuyas.
Y lentamente guardé las joyas en una bolsa de terciopelo rojo y las deposité en sus manos blancas, cada segundo, más y más blancas. En un ademán mío, que pretendió ser raudo pero fue imperceptible, guardé en el arcón el antiguo manuscrito. Ella no se percató del cambio. Nunca pudo percatarse de muchas cosas.
Al irse, cerró la puerta sin besos ni excusas. No miró hacia atrás ni yo atiné a más. Era imposible pedirle nada. Nunca pudo ni supo hacerlo: sentir. Y ese era su tormento.
La miré irse joven y encallecida, como una ladrona redimida o como una fugitiva inocente. Me pareció un poco de las dos cosas. En todo caso, sentí por ella, mucha más piedad.
Tomé una copa de cognac. Sabía que su paso por la calle era ligero y rápido. Tan liviano como el peso de su bolsa vacía. La transmutación de la materia sucedió sin ella darse cuenta, conforme la sagrada Ley. Las cenizas que llevaba eran tan macilentas y grises como la última estrella de la noche.
-“Cada quien conserva lo que le es propio”- cavilé, y bebí la copa con la excusa de un inexistente frío.
Me aparté de la ventana cuando por fin, ella giró la esquina con su auto y dejé el arcón abierto para siempre.
El manuscrito brillaba dentro como el más puro oro jamás visto por nadie. Custodiándolo: los zafiros, las esmeraldas, las perlas, las doce joyas... como si nada ni nadie las hubieran movido de sitio, jamás.
-“Un día, ella regresará por lo que es suyo” - y recordé que el ámbar se parecía a sus ojos.
Preparamos el viaje. Andar donde se agita el viento, apoyadas por un camino de ripio, vamos. Se suceden las horas con nosotras, dos y dos. Por fin, encontramos los signos: las ramas secas para nuestro ritual que es, en realidad, ofrenda. Un fuego blanco. Ella en mis brazos mirará cómo arden las viejas ramas de antiguos otoños. Hoy soy mínima, toda verdor y temblor porque sus ojos, más verdes que
Somos aprendices. La montaña cede el paso y penetramos… nos hundimos en el río de fuego y los árboles se inclinan levemente.
El río cae desde peñascos más empinados.
Nuestros cuerpos danzan y llueven estrellas. Caen en nuestras manos. El Arcón es invisible y está protegido, a buen resguardo. Todas las gemas del mundo permanecen intocadas. Nada se extravía de aquello que fuera y es nuestra pertenencia en el plano espiritual. La observo… llega de otro tiempo y entrecerrando los ojos veo en ella a
Los Caminos de la vida (de cualquier vida) y más de esta extraña vida mía, ganada a pulso de maratón o pasito corto de Hospital, no estarán ‘truncados’ ni ‘trucados’, apenas sí, allanados. Nada puede engañarnos con constancia y menos esa ilusoria farsante: la muerte principesca que por momentos, se adjudica una ‘realeza’ discutiblemente ‘real’ y es, cuando así olvidamos, claro está, que todos somos inmortales.
La serenidad, en cambio, la encuentro al transmutarme en un pequeño pez. Un pecesillo naranja Zen. Aunque no vista jamás un Sari, esos atuendos que usan los Budas, color oro-rubí.
Con mi Consciencia de pez insisto en disolverme (solve et coagula) en esa Consciencia sin cuenco cerebral y sin cuerpo, ni siquiera infinitesimal, que me lleva a la Unicidad.
Y en ella, -atestiguo- en
Simplemente, en
Es, simplemente,
De esta ‘Nada’ devenida en ‘Todo’, con consciencia de sí, los caminos los floto o los trasvaso, los invoco, huelo, palpo y examino.
Contemplo... el ego narcisista es diplomático. El Ser, en cambio, en la persona que soy, es un matojo de cicatrices longilíneas de bisturí, o arrugas interrogantes por dicencias siempre cuestionadas: ¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo? ¿Quiénes somos?
No domino la potencia de los varios nombres con que te nombro. Por si acaso, Dios al revés, a ti… no te nombro.
Mi familia: ¿Cuál de todas? ¿La del esperma y óvulos en el desespero de la hija tardía que llega -¡al fin!- nueve años demorada? Otras re-encarnaciones demoran 1436.99 años. Pido disculpas a mis padres por la tardanza.
¿O soy la hija buscada con la misma tenaz persistencia de una Madre de Plaza de Mayo? (Esa, también, es nuestra familia humana aunque, si quieres, comparto la historia de un pañuelo blanco, si partes tu pan).
Ya que de familia hablamos, mi bisabuelo anarquista (analfabeto y autoditacta) albañil, escultor, dibujante, pintor, fotógrafo, filántropo, documentalista, escritor, colaborador de escuelas rurales y muerto de leucemia, allá por los años ‘70, escribió su última carta a mis 12 años y me la leyó. El tío Mario contaba, entre tímido y orgulloso, cómo, supuestamente, ‘los glóbulos blancos habían vencido al cáncer’ y… yo escuchaba mientras cualquier otra mínima multitud de 1, huía, por ese humano terror de quienes evitan aquello que ‘no comprenden, no saben, no contestan’.
Mi padre, Mariano, obrero... Ultra-sordo, parkinsoniano, desdentado y jubilado, que reía sobremanera porque amaba temblorosamente a mi madre, (tanto pero tanto), que murió de frío desplomándose sobre ella, 57 años después del primer beso, dado a los 19.
Su último aliento, dice mi madre, donde ‘se escapa el alma’, se quedó flotando en el cuarto y por esas cosas de la vida, se enredó entre los pliegues del cortinado. Según ella, mi padre se niega a irse y la sigue cuidando, hasta convertirse en una gardenia mojada que, por las frescas mañanas de Junio, asume la tibieza con que aún, la enamora. Por las noches noches, mi padre se da una vuelta… También regresa cuando le llamo, pero ese otro tema… Murió silenciosamente, el 14 de Junio de 2.007. Mi hermano se encargó de la lápida. Último acto social.
¿Cuál familia, decíamos? ¿La biológica o la de la estrella de cinco puntas que me recuerda la matriz original? Escasa es la inteligencia de avenirse a la sola existencia de un único Mundo… De un sólo plano, de un sólo lado, de un sólo dado… ¿Cuál entonces? Entre todos ellos, de cuál hablamos?
Ahhhhh… Los peces alados me confiesan recelosos, de sus cautelas con los humanos. Dicen que los incitan con su –‘ pica… pica… pececito retardado ¿Dónde te cabe el cerebro que no picas de una buena vez?' -Estos son los pescadores impacientes con piedritas en las sandalias y burbujas en el estómago... Mis peces escupen el anzuelo a
Ellos, los peces, desatan sus amplias y generosas alas y alzan mi cuerpo intacto con puntual fidelidad. Mi propio cuerpo en conspiración con cierto Espíritu díscolo (pero igual de anarquista) me sacude: ¡Despierta! ¿Escuchas el croar de una rana? ¿Es una rana o un hombre que gime? ¡Responde rápido! ¿Qué es prioritario para
Todos los de tu alrededor verán tu luz -sobre todo si pagaste antes la cuenta- pues has visto, previamente, la sombra en tu sombra y la sombra de ella en la pared, setenta veces siete… y más. Un Rosario de senos que en dos, se multiplican. Así como los peces.
Mi juicio, Zoroastro-Nieszchiano, no es indulgente sino justiciero de toda Justicia. Mi Espíritu, conforme el linaje que me precede, es mesuradamente exigente. No quiere seres de rocas, hombres que croan… ranas que gimen… El condescendiente Gran Espíritu, tarde o temprano, saca a relucir su billetera y paga fianza y peaje (por las dudas que el camino sea largo y no de ripio…)
Eso sí, viví lo mío. Y lo tomo con la legitimidad absoluta que me otorga el derecho de reclamar lo que no sujeto, pero sostengo: ese perentorio grito que escribió ella -con su nombre y apellido- en mi sangre. Y, claro, acudí. La llevaba escrita en mí, desde antes de nacer, en mi genoma humano. –‘Leticia: ¿Temes a tu destino?’ Me disolví en sus ojos -que eran otros, pero con la misma antigua, idéntica mirada- y me anclé después en su cintura… 104 orgasmos en 72 horas es confirmación exacta de un contrato que unen las almas rubricadas sin Notario.
Noto que me explico ¿Verdad?
Nunca nadie ha ‘perdido’ a nadie. Sólo, si una es persona advertida, se recobra lo olvidado. Los ángeles del olvido fueron espantados con machetes de rosas. Y si los ángeles- ya sabes- preguntasen por ti, les diré que te busquen en tu sonrisa de mujer recién amada. Es una buena carta de presentación, cuando las palabras son hilillos verdes azulados.
Los intentos de cardúmenes, persistieron con la faena, mis boyas y aparejos esperaron lo prudente y en la espera (ya se sabe) se recupera la primera inocencia. Después de todo el fuego, ella, retorna por su Imperio. Una reconoce bien a una Reina y depone toda intentona de defensa. Quien ingresa a
Los hombres (a diferencia de los cardúmenes) a veces no memoran con claridad la entrada a
Como tus senos...
Me rondaba. Simulaba no hacerlo, pero ella seducía siempre. Lo hacía muy bien, adrede o como casi siempre, a pesar de sí misma.
Un anochecer, veladamente, sentadas frente al mar y con sus brazos tomándose las rodillas, deslizó despacio rompiendo el silencio: -‘Dime el Secreto’.
Me di cuenta que los aparejos de pesca perdidos en la playa son cosas bien tristes. Todos estamos solos como aparejos abandonados y sin uso. La miré sin sonreír y noté el peso de sus ojos atentos sobre los míos, esperando.
Arrojé al mar las caracolas de Buzios para que ya no me hablasen más que mis propias voces y ninguna otra. Mi alma no necesitaba de oráculos para estar con ella y adivinarla. Guardé silencio midiendo los riesgos -“Quiere el Secreto y esperará paciente, insistente como tiempo de lluvias”-. A veces lloraban sus ojos en conjunción marítima con los míos.
-¿Para qué quieres saberlo?
-Aún no lo sé bien, supongo que para conocerte.
No mentía. De los poderes conocidos tenía de sobra. –‘No te engañes, no es a mí a quien quieres conocer, por ahora, sino a lo que gime dentro de ti, para reconocerlo y ponerle nombre’-.
-‘Dime el Nombre’-, replicó determinada a seguir hasta el final.
Dio con la pregunta clave e intuí que llegado era el momento. Empecé a hablar diciendo:
-“El Camino hacia el Conocimiento es femenino, su nombre es Shekináh, la Diosa Lunar. Los senderos están interconectados -a derecha e izquierda- e invariablemente ascendentes. Son veintidós, transítalos todos pues no podrás eludir ninguno. El gran Secreto es que nunca te creas toda luz ni te pienses toda sombra”.
Me callé súbitamente para observar su boca y anclarme en su alma. Aún quiso más, y agregué:
-Yo, mi querida, soy la Mujer y el Camino. Una sola cosa y no tienes por qué optar. Transítame.
Luego de escucharme, quedó pálida y largo rato abstraída. De pronto, elevó sus ojos al Cielo y me encontró.
La Luna iluminaba el espectro de los aparejos. Transfigurada enteramente en amor consciente, ella volcó todo su cuerpo sobre mí y empezó a recorrerme.
Esa noche, sabiéndome, supo quienes éramos.













